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El lobo Rodolfo y su amiga la oveja valentina

Valentina era una oveja que hacía honor a su nombre, era muy valiente y le gustaba defender a los más débiles, sobre todo si eran atacados por algún abusón. Tenía como amigo a un lobo llamado Rodolfo que, al contrario de ella, era muy miedoso. Sin embargo, a pesar de las diferencias de su carácter, tanto la oveja como el lobo eran buenos amigos. Jugaban juntos al escondite y exploraban el bosque, en busca de nuevos rincones. Pero Rodolfo tenía miedo del ruido de los truenos; de la luz de los relámpagos; de la oscuridad; de los monstruos; de otros animales, incluso más pequeños que él, como de los conejos y también de las personas.
Pero, si había algo a lo que el lobo Rodolfo tenía miedo de verdad era a que Valentina, su defensora y amiga, no estuviera con él. Eso le daba terror y, a veces, lo hablaba con su amiga oveja:

– Valentina, tengo miedo de que algún día te vayas para siempre y no vuelva a verte. No sé qué haría sin ti. -Decía el lobo apesadumbrado a su valiente amiga-.

Valentina, miraba con ternura al vulnerable lobo, y le decía:
– No tienes que preocuparte Rodolfo. Aunque no me veas, yo siempre estaré a tu lado. Muy cerca de ti. ¿Sabes dónde? Pues aquí, en tu corazón. -Dijo la oveja, mientras ponía su pata en el pecho del lobo-.
Pero Rodolfo se ponía triste y le decía: -No, no. Yo no quiero que te vayas. ¿Con quién voy a jugar o hablar? ¿Quién me va a defender? No te vayas nunca o moriré de tristeza y soledad. Un día, la fatalidad quiso que la oveja Valentina enfermara. Aunque sus amigos y su familia la cuidaban muy bien y la llevaron al médico de los animales, el veterinario, la oveja cada vez estaba más y más débil. Cuando ya no podía andar, su amigo Rodolfo permanecía siempre a su lado. Le contaba cuentos, le daba de comer y la abrazaba cuando Valentina sentía frío o dolor. El lobo estaba aterrorizado y triste frente a la idea de que su amiga muriera. La oveja Valentina lo intuía y cuando un día vio que a Rodolfo le resbalaban unas lágrimas por las mejillas, le puso la pata en la cabeza y le dijo:
 
– Mi querido amigo no debes estar triste. Sé que las despedidas no son fáciles, pero debes pensar-que cuando dos almas están conectadas como la tuya y la mía, nunca se separan. Nuestra amistad, amor y cariño está más allá de las distancias. En mis últimos días me he sentido cuidada y arropada por ti y me voy tranquila y feliz. -Dijo Valentina, mientras miraba al cabizbajo Rodolfo-.

– Te voy a echar mucho de menos y no me atreveré a hacer nada si no estás conmigo. -Dijo el lobo, abatido-.
 
– ¿Sabes una cosa amigo? Eres más valiente de lo que tú crees. Tienes un gran corazón donde cabe mucho amor y no debes dejar que en él entre el miedo. Además, esto no es una despedida, porque sabes que aunque yo muera, hay varios lugares donde siempre nos podremos encontrar: en la mente, a través de los recuerdos sobre el tiempo que hemos pasado juntos, en el corazón, por el amor que nos tenemos y en los sueños, porque cada vez que aparezca en ellos nos reencontraremos y será igual que volver a estar juntos.

– Entonces, ¿aunque mueras, no será nuestra despedida?-Preguntó Rodolfo, asombrado tras la explicación de Valentina-.

– ¡Claro que no! ¿Crees que te vas a librar así como así de mí?-Sonrió la oveja al lobo. Vete a dormir que es muy tarde-. Añadió.
Ambos amigos se fundieron en un abrazo … Al día siguiente, Valentina había muerto. Cuando Rodolfo recibió la noticia, no pudo evitar sentir una punzada de dolor en su corazón, pero también supo que su amiga estaba cerca de él, aunque no la viera y, con el paso del tiempo, comprobó que las palabras de Valentina eran ciertas, porque en sus sueños hablaban, reían, jugaban juntos y la oveja siempre estaba presente en la mente y el corazón de Rodolfo, que se convirtió en un lobo valiente, que no temía a nada ni a nadie.
 
Texto: Carolina Pinedo. 
Ilustración: Niuska.